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La Conmebol lleva la Copa América a un Brasil sumido en una dura crisis política, social y sanitaria

 Hay maneras y maneras de encarar problemas. Algunas de ellas suelen ser más efectivas que otras. Pero ciertamente la que eligió la Conmebol para resolver la más que complicada organización de su demorada Copa América no deja de sorprender.



Es que tras la baja de Colombia como sede del torneo de selecciones de fútbol más antiguo del mundo en medio de la profunda crisis política y social que atraviesa y del paso al costado de la Argentina, el otro co organizador original, debido a la comprometida situación epidemiológica que vive, la Conmebol eligió llevar la Copa América a Brasil, el país que reúne por sí solo esos mismos ingredientes: Crisis política, social y sanitaria.

Otras opciones se habían barajado antes. Se pensó en Uruguay o Paraguay pero la falta de infraestructura adecuada hizo caer estas opciones más temprano que tarde. Y luego sonaron con más fuerza Chile, Paraguay y Estados Unidos. Brasil no estaba en los planes de nadie. Y parecía lógico. Sin embargo cuando de política se trata, y en un negocio como el fútbol siempre hay mucho de política, la lógica no siempre se impone.

Brasil atraviesa un momento de fuerte inestabilidad política, económica y social producida en parte por la crisis sanitaria pero profundizada principalmente por el manejo ( o la férrea decisión de no manejar) la pandemia que sostuvo y sostiene el gobierno de Jair Bolsonaro.

La crisis social en Brasil lejos está de alcanzar la magnitud que se vive desde hace semanas en Colombia donde las muertes a manos de las fuerzas de seguridad y las denuncias por las violaciones a los Derechos Humanos ya se convirtieron en moneda corriente ante el abrumador silencio del Grupo de Lima.

Sin embargo la efervescencia en las calles está allí. Y a veces hace falta apenas una pequeña chispa para que todo comience a arder. Bien lo sabe el presidente de Chile Sebastián Piñera que jamás pudo haber anticipado que el intento por subir unos pocos pesos la tarifa del subte derivó en un auténtico levantamiento popular que le está cambiando la cara a ese país. De hecho en los próximos meses Chile reformará su Constitución Nacional, heredada de la dictadura de Augusto Pinochet merced de la lucha que miles y miles de chilenos mantuvieron en las calles de Santiago.

Bien lo sabe también la ex presidente de Brasil Dilma Rousseff que debió enfrentar masivas movilizaciones en la previa de la Copa Mundial de Fútbol 2014 cuando intentó subir el precio del boleto de colectivo mientras organizaba el Mundial más caro de la historia con la construcción de faraónicos estadios a todo lo largo y ancho de Brasil.

Hoy Bolsonaro debe lidiar con varios frentes, escandalosas declaraciones en la comisión del Senado que investiga el manejo de la pandemia y masivas movilizaciones en las principales ciudades del país que piden su destitución. Muy probablemente apuesta a que la Copa América le aporte un poco de distensión en el peor momento de su gestión. No deja de ser sin embargo una apuesta arriesgada.

Sin embargo Bolsonaro parece jugar con la decisión de quien ya no tiene nada para perder. En especial desde que la Justicia le devolvió a Luiz Inácio Lula Da Silva sus derechos políticos. Derechos que el líder del Partido de los Trabajadores ya avisó estaría dispuesto a utilizar en las presidenciales del próximo año si es necesario para evitar un nuevo mandato de Bolsonaro.

Brasil es el tercer país del mundo en cantidad de casos positivos registrados hasta el momento (sólo por detrás de los Estados Unidos y la India) y el segundo en mayor cantidad de víctimas fatales a causa de esta enfermedad (sólo por detrás de los Estados Unidos). Casi medio millón de personas murieron en Brasil por coronavirus.

De hecho los dos países que hicieron del discurso anticuarentena de sus gobiernos su principal política de Estado frente a la pandemia (Brasil y Estados Unidos durante la gestión de Donald Trump) reúnen por sí solos un tercio de las muertes por coronavirus de todo el mundo. Más de un millón de personas en ambos países.

Sin embargo la situación en ambos países es hoy radicalmente distinta. Con una situación más controlada gracias a la avanzada campaña de vacunación en Estados Unidos, Brasil se encamina a un aumento en el nivel de contagios.

Científicos estadounidenses y brasileños alertaron días atrás que la demora en la vacunación y el aumento del contacto social puede generar una tercera ola de coronavirus en el gigante latinoamericano a partir de junio y amenaza con reeditar el colapso sanitario ya experimentado entre febrero y abril pasados.

De acuerdo con el diario O Globo, el Instituto de Métricas de Salud y Evaluación de la Universidad de Washington proyectó que Brasil puede llegar a los 750.000 muertos el 27 de agosto, eso teniendo en cuenta que el 95% de la población use barbijo, cosa que Bolsonaro desaconseja.

Brasil se encuentra actualmente con un promedio de 1.900 muertos por día y las proyecciones indican que el 21 de julio, si es que existe una tercera ola, podrá volver a un promedio diario de 3.300 fallecidos.

No es de extrañar que la última encuesta Datafolha de cara a las Presidenciales del próximo año otorgue una victoria de Lula en primera y segunda vuelta al tiempo que arroja que Bolsonaro tiene el 24% de apoyo, el nivel más bajo de su gestión.

Tal es el trasfondo de la arriesgada apuesta de Bolsonaro a la que la Conmebol se sumó y cuyas derivaciones son todavía imposibles de prever.

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